Viernes. Después de dos meses con las entradas en la
estantería por fin ha llegado el día y tras unas cuantas jornadas de lluvia
sale un sol espléndido, no es casualidad. Te enfundas la camiseta de los Stones
y las botas más cómodas que tienes, sabes que te vas a pasar más de dos horas
saltando como loca; la suerte de que los teloneros te gusten casi tanto como el
artista principal.
Y una hermosa
taquicardia te sorprende de camino.
Recuerdo varios años atrás, ese concierto de Pereza en el
que Sidecars hacían el papel de teloneros, la primera vez que los escuché, fue
amor a primera vista. Y así hasta ahora. Y otra vez teloneros, o sea disfrutar
desde la primera vez que se apagan las luces del multiusos. Porque la luna
llena nunca espera al sol pero yo si les esperaba a ellos. Y no era la única,
sus canciones se coreaban como si los dueños de la noche fueran ellos. Con
ellos jodimos el mito de los tortolitos y echamos a volar mientras venían los
demás a nado. Pusieron la base para pasar una noche de película.
Pero las luces se tenían que apagar de nuevo, faltaba la
guinda del pastel y él brilla con luz propia. ¿Sabéis lo que es tener los pelos
de punta desde los primeros acordes de los cantantes hasta Lady Madrid? Una
jodida pasada. Es de ciencia ficción. Como si el mundo hubiera desaparecido
fuera. Y ya daba igual si afuera en la ciudad seguía lloviendo, porque el mundo
está del revés pero con él buscamos cordura y una pizca de locura, y no dejas
de soñar y escuchas una vez más, y sabes que ha llegado la hora de los leones,
que es fácil perderse pero qué bueno verle. Y se mezclan las notas de “como lo
tienes tú” con las de “Hey Jude”, y llega Lady Madrid y con ella empiezas a
despedirte de una noche perfecta y pides que Leiva siga siendo Leiva, que se
siga sacando canciones del sombrero, que no mueran nunca los cantantes y que sigamos volviendo a casa sin voz y con los
pies destrozados de tanto saltar.
EME.

